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Avances en salud

Los smelfies, producto de la biología sintética

biología sintética
Escrito por Juan González

Aunque hubo una conocida marca de cuidados de bebé que se apropió de este término para animar a los padres a compartir sus selfies cambiando los pañales a sus pequeños, lo cierto es que esto de lo que os venimos a hablar hoy es un concepto que nos gusta bastante más. Por lo visto, esto surgió a raíz de un cómico australiano que decidió unificar las palabras smell (oler) y selfie (autorretrato) pero, como decimos, hay otra forma de utilizar este concepto, gracias a la biología sintética, que nos parece realmente alucinante.

Resulta que Ani Liu, una artista e investigadora del prestigioso MIT se preguntó qué pasaría si, al igual que hacemos con las imágenes en las fotografías, pudiésemos capturar el olor de una persona y preservarlo en el tiempo. Seguro que todos recordamos el olor de una abuela que ya no está, o el de un amante del pasado. Olores que guardamos en el cerebro, pero que puede que no volvamos a experimentar nunca. Pero… ¿y si hubiese una tecnología que nos permitiese hacerlo siempre que quisiésemos?

¿Qué son los smelfies?

Tal y como ya os hemos dejado caer un poco más arriba, los smelfies vendrían a ser como hacernos un selfie, pero a nivel olfativo. Eso sí, el proceso , al menos de entrada, no sería tan sencillo como hacernos una fotografía. De hecho es tremendamente complicado, pero merece la pena saber de qué va, así como qué posibilidades puede ofrecernos en un futuro cercano.

Estaba claro que, antes incluso de aprender a capturar la esencia de una persona (¿habéis leído/visto El Perfume?), había que decidir el soporte en el que poder imprimar el aroma de una persona en concreto. Es posible que lo primero que se os haya venido a la cabeza sea una papel, como aquellas cartitas olorosas que se pusieron tan de moda allá por la década de los 90. Sin embargo, hablamos del MIT y de una artista que trabaja codo con codo para ver cómo implementar la ciencia en el mundo del arte y viceversa.

No, estaba claro que hacía falta otra cosa… y Ani lo tuvo muy claro: una planta sería perfecta. Y es que, si queremos mantener vivo un olor muy concreto, uno que nos alegre los días y las noches más oscuras… ¿qué mejor que hacerlo dentro de un ser vivo? Desde luego, dependerá del tipo de olor, pero a nosotros nos parece una idea realmente maravillosa.

El problema es que seamos de ese tipo de persona a las que las plantas les duran un par de semanas como mucho. En ese caso, nuestro consejo sería que esperáseis a que los precios de los smelfies se democratizasen un poco. ¡Que no está la vida para estar derrochando! La verdad es que nos parece algo de lo más especial, ¡ojalá poder tenerlos pronto en nuestras casas!

¿Cómo se genera un smelfie?

Puede que los que hayáis tenido que vivir alguna que otra PCR no queráis un bastoncillo de algodón cerca en una temporadita, pero lo cierto es que se pueden hacer muchas cosas con ellos… y una de ellas es precisamente crear uno de estos smelfies. Para hacerlo es necesario recoger la esencia de una persona, y esto se consigue recurriendo a las bacterias que genera con su sudor. El olor de cada persona es tremendamente característico, y el reto estaba en poder reproducirlo de la forma más fiel posible, sin utilizar aromas artificiales.

¿Qué os pensábais? ¿Que hablábamos de plantas que olerían a perfume? ¡Eso resulta tan sencillo como comprarlo y ponerlo por casa cada vez que nos diese morriña! No, nos referimos a lo que huele una persona al amanecer por la mañana, a lo que huelen sus abrazos. A lo que huele cuando nos acaban de dar un beso, o una caricia. A esa mezcla de pasión de feromonas que nos volvía locos, ya fuese a nivel amoroso o a nivel sexual.

Sudor de las axilas, de las ingles y de muchas otras formas del cuerpo, ya que no todas ellas huelen igual. Sí, ya, así leído puede parecer desagradable, pero como ya os hemos contado… todo dependerá de la sensación que se busque recrear. Lo cierto es que, en el futuro, deberías ser posible reproducir el olor de un lugar, como la playa en la que pasamos nuestras vacaciones de niños, o la casa de nuestra abuela cuando llegábamos y acababa de hacer galletas.

Según Liu, urgía buscar una aplicación de la biología sintética que no fuese plenamente capitalista. Y esta forma de conectar el sentido del olfato con la memoria no podría habernos llegado más adentro, ¡no podría habernos gustado más su idea!

La biología sintética

Nada de esta maravillosa fantasía de los smelfies habría sido posible sin la investigación llevada a cabo gracias a la biología sintética. ¿Pero qué estudia esta rama de la ciencia tan novedosa? Pues ni más ni menos que la modificación del código genético de los seres vivos para conseguir en ellos rasgos y funciones que no se encuentran en la naturaleza de forma natural.

Es la aplicación de la ingeniería y el diseño a la vida, y el objetivo, tal y como ha quedado claro con los smelfies, es claro: programar microorganismos para que actúen de un modo determinado, en este caso con un fin entre lo artístico y lo nostálgico, y la verdad es que asombra a la vez que asusta.

No sabemos si pronto tendremos por casa una planta que huele igual que una antigua pareja justo después de habernos dado un homenaje, o si podremos oler cada mañana los abrazos de nuestras madres antes de salir de casa aunque ya haga tiempo que no están entre nosotros. Eso sí, el mero hecho de que a día de hoy podamos pensar en ello nos hace creer que, en un futuro muy cercano, se encontrarán usos mucho más útiles para este tipo de ciencia que, al fin y al cabo, vuelve a permitirnos jugar a ser dioses.

Acerca del autor

Juan González

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